Capitulo 5: La casa

La oficial Verónica Cáceres amarra la lancha policial en el destartalado muelle de la casa de López, unos perros salen a su encuentro ladrando como locos, la mujer lleva instintivamente su mano a la cachiporra, pero los animales no parecen ofensivos y después de unos pocos ladridos se serenan. Ortiz que viene unos pasos detrás de la mujer, la tranquiliza.
─ Son los perros de caza de López, son galgos y generalmente no suelen ser ofensivos, así que no nos preocupemos por ellos.
─ Comisario se supone que en la casa no hay nadie ¿quiere que revise?
─ No tenemos una orden para ingresar al domicilio, pero si para buscar el arma homicida y eso es lo que haremos, de todos modos, si quiere dar un vistazo, adelante, pero por favor no ingrese a la casa, solo haga un recorrido perimetral─ Cáceres asiente con un gesto.
Verónica comienza a caminar por un sendero que se inicia al término del muelle y desde donde puede observar la casa que se trata de una típica construcción isleña en alto, construida en madera, la cual se inicia con una importante escalera a la que le faltan algunos escalones y a continuación un amplio corredor con barandas rodean la casa. La mujer observa el pasto alto del patio, es como si a sus moradores eso no les preocupara o como si nadie habitara en ese lugar. Continúa avanzando, atenta, buscando al mismo tiempo algún indicio del arma que ella sabe se puede encontrar en cualquier sitio. Debajo de la casa, en ese espacio entre la tierra y el piso, se observan distintos elementos. Una piragua llama su atención, se acerca a ella, tal vez el arma se encuentre en su interior piensa, pero está cubierta a medias con una vieja lona verde, la desplaza hacia un costado y un olor fuerte obliga a la mujer a taparse la nariz. Dentro de la embarcación descubre una importante cantidad de sangre acumulada, toma la radio y le habla al comisario.
─ Comisario encontré una embarcación de menor porte debajo de la casa, tiene mucha sangre en su interior─ se escucha la estática y luego la voz de Ortiz.
─ Seguramente es una piragua de color rojo, si es asi, se trata de la embarcación que López utilizaba para salir de caza. Es probable que la sangre que usted está viendo en su interior sea de algún animal. De todos modos, le pediremos a los forenses que tomen una muestra para descartar cualquier duda que pueda surgir si esto avanza hacia otro lado. Por ahora sabemos que hay un arma homicida y que la persona que oprimió el gatillo es Angela Chávez.
La oficial vuelve a cubrir la embarcación y la deja como estaba minutos antes, Ortiz parece siempre ir un paso adelante y es por lo que ella lo respeta tanto, como los demás compañeros que lo conocen desde hace más tiempo. Vuelve sobre sus pasos y comienza a subir lentamente la escalera, desenfunda su arma y apunta hacia adelante; se supone que en la casa no hay nadie, pero no puede confiarse, sabe que hicieron suficiente ruido como para espantar a cualquier morador ocasional, pero la oficial toma la precaución que el momento merece. Sube lentamente, mirando en todas direcciones, pero también poniendo atención en sus pasos, faltan algunos escalones y los pocos que permanecen en su sitio se sienten flojos y crujen a cada paso de la oficial. Una vez en el corredor Cáceres recorre el perímetro de la casa, hay muchas ventanas, sabe que no puede ingresar, pero intenta observar el interior, algo parece estar mal y ella lo sabe. Un vidrio roto le permite tener un mejor panorama de lo que hay dentro y lo que hay es ¡nada! Enfunda su arma y antes de bajar la escalera observa desde la altura, busca con su mirada al comisario, lo localiza a pocos metros de la costa, baja la escalera lo más rápido que puede y sale en busca de su superior.
─ jefe ¿Usted está seguro de que nos encontramos en la casa indicada? ─ el comisario deja de buscar entre los yuyos y la observa detenidamente.
─ Cáceres usted sabe que nací acá y que conozco muy bien la zona ¿Qué le hace pensar que nos estamos equivocando de lugar? Ahí están los perros de López y también su piragua, dígame entonces porque cree que nos equivocamos.
─ La casa comisario, se encuentra totalmente vacía, no hay nada adentro.
El comisario la observa por un segundo, toma su celular y llama al destacamento, cuando escucha que alguien atiende su llamado Ortiz no espera que su interlocutor se presente.
─ Sargento necesito que haga averiguaciones sobre los vecinos más cercanos de López. Alguien tiene que haber escuchado algo la noche en la que Chávez mato a su esposo.
─ Perfecto comisario, mandare a Espíndola a hacer esas averiguaciones. De todas maneras, López no tenía muchos vecinos, los que quedan están a más de un kilómetro de esa casa y los más cercanos viven en el predio que se está construyendo no muy lejos de ahí.
─ Que hable con esa gente también. Necesitamos saber si alguien vio alguna embarcación llevando una mudanza, esta casa parece abandonada, sargento.
Mientras tanto la mujer policía lee nuevamente la declaración de Angela, comienza a caminar y a buscar referencias físicas que concuerden con lo declarado y con el momento de la muerte de López. Hubo una discusión, no existe especificación alguna sobre la misma, se inició en la casa donde según la declaración, López le pego reiteradas veces a Chávez, siguieron discutiendo hasta llegar a la costa del río. Cáceres se detiene al leer un párrafo “desde la barranca, justo donde está el sauce donde atamos la vieja canoa, lo mate a ese hijo de puta”. La oficial busca con su mirada el sitio al que hacen referencia las palabras de Angela Chávez; entonces lo ve, un sauce añoso tumbado hacia el río. Camina en esa dirección, Ortiz la observa unos metros detrás. Allí está la barranca carcomida por el agua y la erosión de las olas al golpear la costa.
─ Es acá comisario, con el agua un poco baja y no tan alta como hoy ─ Cáceres simula con un movimiento de ambos brazos sostener un arma larga y apunta hacia abajo─ es imposible no acertar, aun para el más novato─ sostiene.
Ortiz sonríe con una mueca apenas imperceptible, sabe que su oficial tiene razón, ahora el radio de búsqueda es menor, el arma no puede estar muy lejos de allí, pero el comisario sabe ahora que ese hallazgo es solo el extremo de algo mucho más extenso, demasiadas preguntas en el mismo lugar ¿Por qué la casa vacía? Sí todo ocurrió como lo declaro Chávez ¿Por qué parece que estuvieran huyendo? El comisario tiene conocimiento que el matrimonio vive en ese terreno desde que los conoce, pero ¿A nombre de quien está la propiedad? López era un vago, no recuerda haberlo visto trabajar ni por accidente, pero no era un ladrón, solo era un tipo problemático cuando estaba alcoholizado y a consecuencia de eso tenía algunas denuncias de sus vecinos, incluso de algunos de los personajes que llevaban adelante el condominio privado que no se encontraba muy lejos de ese lugar.

La casa
Ilustración: Silvio Francini
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Capitulo 4: Angela

El comisario Ortiz y el perfecto Muñoz se conocen desde hace años y en ese tiempo se han sucedido encuentros y desencuentros, aunque en el último periodo y con la noticia del retiro de Ortiz las cosas están más calmas que nunca y el policía lo sabe. Por eso aprovecha esa situación para pedirle al perfecto que lo deje trabajar sin discusiones por asuntos de jurisdicción que solo atrasarían la investigación que ya tiene una confesión y prácticamente un cierre. Pero el comisario sabe que las pericias son la clave para llegar a la verdad absoluta, pero antes de todo eso tienen que encontrar el arma que fue utilizada para matar a López.

Antes de regresar al destacamento habla con Ramírez que se convirtió primero en un protagonista a la fuerza y ahora en un espectador ansioso que intenta sacar alguna conclusión de tanta confusión. Luego de escuchar la declaración del profesor y tomar nota de esta, el comisario intenta tranquilizarlo.

─ Víctor quédese tranquilo, su situación es clara, me imagino que no fue una buena experiencia, pero ya paso. Trate de volver a su rutina y no se olvide su teléfono─ el comisario le entrega el equipo al profesor que ahora parece más tranquilo, aunque Ortiz se percata que su mirada parece buscar en el interior de la canoa que aún permanece en el lugar, alguna explicación para tanta locura extrema.

─ Gracias comisario, cualquier cosa que usted necesite sabe que cuenta conmigo─ se dan la mano y luego cada uno sigue un rumbo diferente, Ortiz sube al móvil policial y el profesor se adentra en el sendero que lo lleva a su casa.

El comisario aguarda hasta que una embarcación especial retira el cuerpo y la canoa. La investigación forense sobre el cuerpo de López es fundamental para aclarar la hora del deceso, la causa y el estado de este antes de su muerte. Aunque Ortiz aun no leyó la declaración completa de Angela Chávez, sabe que López tenía dos personalidades muy claras, una era la del hombre sobrio que no concordaba en absoluto con el marido golpeador y violento en el cual podía convertirse con un par de copas. Por eso la importancia de la información que los forenses podían aportar a la causa, piensa en eso mientras regresa al destacamento donde la mujer permanece demorada. Se suponía que Angela lo había matado en un claro acto de defensa propia según sus propias palabras y eso significaba que López debía estar alcoholizado al momento de su muerte y para el comisario esa conclusión era relevante para comprender los sucesos que llevaron a la mujer a tomar esa decisión. Sin embargo, a Ortiz le intriga el testigo que Chávez había presentado, el sargento lo había mencionado cuando intento hacerle un resumen de lo declarado por Angela, pero ese nombre no le significo nada a Ortiz ni en ese momento, ni tampoco ahora, aun cuando escudriñaba en su excelente memoria, Méndez no era un apellido de la zona y eso lo tenía inquieto.

Apenas Ortiz ingreso al destacamento vio a Angela y a Martin Méndez sentados en unas sillas en la pequeña sala del edificio. La mujer se incorporó y tomo la iniciativa.

─ ¡Fue en defensa propia comisario, era mi vida o la de ese hijo de puta! ─ El policía la observa buscando alguna reacción que le diga algo, pero no encuentra nada, no hay emoción en esas palabras, parece otra mujer la que está frente a él.

─ Chávez usted tiene que estar tranquila, si todo sucedió como lo declaro no tiene por qué preocuparse, sin embargo y más allá de lo que le conto al sargento, me gustaría hablar con usted en mi oficina─ ella asiente y el hombre que la acompaña se levanta de la silla─ Usted quédese, ya hablaremos luego, no se preocupe.

El comisario le hace un gesto a la mujer y ella avanza en dirección a la oficina de Ortiz. Angela es alta, de una contextura física importante para ser una mujer, con una espalda ancha, desarrollada seguramente por el trabajo del monte y las largas remadas piensa el policía mientras la observa y recuerda cuando más de una vez se presentó en el lugar huyendo de López. Parece otra persona, antes temerosa como un animal que se siente una pequeña presa y ahora como un león enjaulado en la espera de que alguien le abra la puerta.

─ Siéntese por favor, como usted sabe no podemos detenerla, pero tampoco definir su inocencia. En estos momentos el cuerpo de su esposo está siendo analizado por un equipo forense─ el comisario la observa esperando alguna reacción, pero la mujer solo se mueve en la silla como si no fuera lo suficientemente cómoda.

─ Lo único que van a encontrar es una bala en su cabeza.

─ Si, supongo que si todo ocurrió como usted dice seguramente ese será el resultado. Pero ¿Qué fue lo que paso Angela?

─ Lo que paso está en la declaración comisario, no voy a repetir todo de nuevo. Afuera hay una persona que vio todo ¿no alcanza con eso?

─ Por ahora alcanza, pero tengo una pregunta y necesito que me responda

¿Dónde está el arma? ─ Angela se pone de pie, como si lo que estuviera por decir necesitara de toda su expresión para hacerse comprender.

─ Mire don Ortiz, estaba oscuro y del susto que me di cuando le dispare a ese hijo de puta ¡tire todo a la mierda! ¡No sé, no sé dónde está! ─ la mujer agita los brazos─ ¡Se lo dije al otro policía! ¿Cuántas veces me lo van a preguntar!

─ Las que sean necesarias Chávez, usted dice que se asustó ¿Verdad? ─ ella vuelve a sentarse y asiente con un movimiento de su cabeza─ Ortiz se pone de pie y se sirve un vaso de agua del dispenser que se encuentra en la oficina─ ¿Agua? ─ La mujer vuelve a responder con un gesto, pero esta vez es negativo─ Tengo que decirle algo Angela, creo que usted tiene muy buena puntería porque más allá del miedo que usted me dice que tenía en ese momento, usted le voló la cabeza a López.

Angela Chávez levanta su mirada que se cruza con la del comisario; Ortiz descubre en esos fríos ojos a una mujer dispuesta a todo, pero solo tiene una pregunta en su cabeza ¿Está dispuesta también a matar?

policia

Capitulo 3: La explicación

Víctor abre la puerta de su casa intentando no hacer ruido, no quiere que Laura lo vea así, pasa por su cuarto toma ropa limpia y se da una ducha rápida. No puede dejar de pensar, la imagen sigue ahí, tan intacta como si el cadáver estuviera aun frente a él. Está preocupado, sabe que su situación no debe ser muy clara para el comisario ¿Cómo explicarle que solo fue en busca de una embarcación que venía a la deriva? ¿Él es sospechoso? ¿Tiene que llamar a un abogado? Piensa en Mariano su hijo, él es abogado, pero intenta desechar esa idea, antes tiene que hablar con Laura y luego con el comisario para saber en qué situación se encuentra ¿Quién puede haber matado a ese pobre hombre? ¿Por qué? ¿Habrá sido un suicidio? ¡Pero no había ningún arma! Por lo menos no a la vista, además esa herida no correspondía a un suicidio. Trata de desechar todos esos pensamientos y encontrar los que corresponden a una explicación que no preocupe demasiado a su esposa ¿pero que puede decirle? No lo sabe, pero no puede demorarse más. Ingresa a la pequeña cocina, Laura esta con el celular como si estuviera hablando con alguien, su cara es de preocupación, hasta que lo ve entrar y entonces sus facciones parecen relajarse.

─ ¡¿Dónde estabas?! Te estuve llamando ¿Por qué no atendías? ¡Hay un hombre en el muelle! ¡No sé quién es! ─Víctor la abraza, necesita que ella se tranquilice.

─ Laura, no pasó nada, realmente no sé dónde dejé mí celular, por eso no atendí tu llamado. Ese hombre que está en el muelle es Ortiz.

─ ¿El comisario? ¿Qué hace acá? ¿Qué paso? ─ Su marido la invita a sentarse con un gesto y ella le obedece. Víctor le hace un resumen tratando de no preocuparla demasiado, tanto que omite mencionar el cadáver.

─ ¿No viajaste por ir a buscar una canoa que venía flotando por el medio del rio? ─ ella sabe que hay algo que su esposo no le está diciendo.

─ Hay una persona desaparecida, eso fue lo único que el comisario me menciono Laura.

El sonido de la sirena de un móvil acercándose le recuerda a Ramírez que Ortiz aun lo aguarda en el muelle.

─Voy a hablar con el comisario, le preguntare si necesita que declare algo al respecto y cualquier inconveniente te aviso amor. Pero antes tendré que recuperar mi celular que probablemente se haya caído en el interior de nuestro bote ─ mientras le dice esto a su mujer Víctor termina saliendo de su casa. Afuera ya no llueve, pero el mal tiempo persiste y ahora definitivamente el viento es sur. En el muelle hay mucho movimiento, un policía habla con Ortiz y un barco de prefectura efectuá las ultimas maniobras mientras un efectivo lo amarra al muelle. Ramírez camina despacio en un intento de que el comisario termine de hablar primero con el oficial de policía y luego con un integrante de prefectura. Ortiz gesticula, señala el bote y un papel que tiene en su mano, todo eso parece tener cierto efecto porque el prefecto le ordena a otro efectivo que se encuentra revisando tanto la canoa como el bote, que abandone lo que está haciendo porque la policía se hará cargo. Pero antes de culminar con la tarea en ambas embarcaciones, el efectivo recoge un elemento y Víctor enseguida se percata que se trata de su celular.

─ ¡Oiga, eso es mío! ─ le dice al comisario señalando lo que el personal de prefectura hallo en su bote. ─ Ortiz asiente con la cabeza y se dirige nuevamente al prefecto que ya se encuentra arriba del barco de prefectura.

─ Muñoz necesito un último favor─ el hombre sonríe y asiente con la cabeza, posteriormente le ordena al efectivo que le entregue el teléfono móvil al comisario. No existe otro dialogo, la embarcación enciende su motor y prefectura abandona el lugar.

prefectura

Capitulo 2: El comisario

Raúl Ortiz policía de islas, cincuenta y dos años, pensando más en su retiro que en otra cosa, es efectivo del destacamento de islas desde que tiene memoria. Viaja dos o tres veces por semana en la lancha colectiva que llega a la ciudad de Tigre casi a las nueve en punto de la mañana, se dirige a su casa donde pasa gran parte de la mañana con su esposa y en la tarde emprende el regreso. Es comisario del destacamento y eso implica que viva más allí que en su propio hogar, antes cuando aún no había alcanzado ese cargo vivía en la misma isla, pero no tenía paz, cada vez que sucedía algún altercado o lo que fuere acudían a él así estuviera de franco o de vacaciones y no podía rehusarse por dos razones, porque amaba su profesión y porque respetaba a todas aquellas personas que de alguna manera eran parte del lugar donde había nacido. Todo eso cambio cuando llego al mundo su hija, porque sus prioridades se modificaron en forma drástica, primero con Elena su esposa y el periodo de embarazo en el cual tuvo complicaciones que lo obligaron a dejar su puesto en mitad de la madrugada, viajando a la ciudad o acercándose a la sala de primeros auxilios de la zona. Pero siempre regresando una vez que se aseguraba que Elena estuviera bien, luego fue su hija que en los primeros meses de vida tuvo algunos inconvenientes de salud. Fue la acumulación de sucesos de diversa gravedad los que lo llevaron a poner en venta su casa y mudarse definitivamente a la ciudad, aunque en realidad él nunca se había mudado de la isla, pero su esposa sí. Raúl pudo sentir esa diferencia en los primeros tiempos, cuando aún no era comisario y podía gozar de sus francos sin que nadie fuera a buscarlo a su casa. Pero es cierto también que tomo todos los recaudos necesarios para que jamás ningún vecino lo viera uniformado, nadie sabía entonces a que se dedicaba y para la mayoría era el nuevo vecino. Piensa en todo eso mientras observa por la ventanilla de la lancha colectiva como llueve; alguien le toca el hombro y se ve obligado a regresar al ahora en un segundo.

─ ¿Un verde Ortiz? ─ le pregunta el marinero de la lancha colectiva mientras extiende su mano con un mate.

─ Por supuesto Juan, sin mate esto no sería el primer viaje de la mañana. Aunque hoy somos pocos parece ¿será por el tiempo?

─ Puede ser, llovió toda la noche y además parece que se viene la sudestada, mucho viento ¿vio? Y usted sabe que la gente muchas veces prefiere quedarse en casa y levantar las cosas antes de que el agua se lleve lo poco o mucho que tienen. Aunque le apuesto lo que quiera don Raúl a que el profesor no nos falla─ el comisario sonríe, sabe que Juan tiene razón, el profesor como todos lo conocen difícilmente se pierda el viaje. Desde que lo conoce y siempre que coinciden en esta hora Víctor se transformó en un compañero de viaje infaltable. Al principio las charlas eran repetitivas y tediosas porque su único interés era el Delta y todo lo que pasaba en él. Asi que Ortiz se convirtió en una especie de asesor y más aún cuando Víctor descubrió que era policía. Con el tiempo el interés se volvió mutuo porque ambos se respetaban por sus labores distintas pero iguales en la importancia respecto a la sociedad, por lo menos asi lo manifestaba todo el tiempo Ramírez y el comisario desistió de cualquier argumento en un intento de restarle un poco de importancia al asunto.

─ ¿Ese no es el profesor? ─ pregunta el capitán de abordo mirando al comisario por el espejo superior ─ Ortiz se pone de pie y se acerca a la proa de prisa.

─ ¡Es él ¡¿Qué habrá pasado, que hace con esa canoa en el medio del río? ¡Arrímese lo más que pueda! ─ el capitán hace una maniobra y acerca la lancha lo suficiente como para que el marinero tome una soga y arrime ambas embarcaciones. Ortiz observa la escena desde la popa, sin poder comprender lo que ve, al tiempo que desde el interior comienzan a escucharse exclamaciones de asombro y espanto al descubrir la extraña escena flotando a la deriva.

El comisario ayuda en la maniobra para amarrar ambas embarcaciones menores al muelle de la casa de Ramírez y desde allí le hace un gesto con la mano al capitán de la lancha colectiva para que siga su rumbo.

─ ¿Profesor se encuentra bien? ─ le pregunta mientras pone su mano en su hombro. Víctor permanece petrificado observando aun el interior de la canoa─ Oiga, vaya adentro cámbiese de ropa que yo me encargo, tengo que llamar a Prefectura, este asunto no está en mi jurisdicción, pero quédese tranquilo que no lo voy a dejar solo.

─ Está bien, ya regreso Ortiz─ le responde el profesor mientras da unos pasos para luego darse vuelta como si hubiera recordado algo y estuviera por regresar con el comisario─ Gracias Raúl.

Ortiz ve alejarse a un hombre desbordado por una situación a la que no está acostumbrado, le cuesta reconocer en ese hombre que camina arrastrando sus pies al profesor que el conoce, lleno de vida, inquieto, curioso, charlatán a mas no poder, pero sabiendo siempre lo que dice.

Entonces se pregunta ¿Qué estaba haciendo en medio del río intentando arrastrar una canoa con un cuerpo dentro? No hay rastros de sangre en su ropa y hasta donde el comisario sabe, Ramírez es un tipo inofensivo, incapaz de herir a nadie ¿Y entonces? Observa su celular y el número que aparece en la pantalla, solo tiene que presionar el táctil para que en el destacamento de prefectura más cercano un teléfono comience a sonar.

Pero no lo hace, aun no. Tiene que hablar antes con Ramírez y saber exactamente qué sucedió, pero antes marca el número del propio destacamento de policía en donde él se desempeña, alguien atiende del otro lado, reconoce la voz inmediatamente.

─ Destacamento de policía al habla el sargento Morales ¿Quién habla?

─ Morales habla Ortiz, tengo una situación río abajo, en la casa de Ramírez. Necesito saber si existe alguna denuncia de embarcación o persona desaparecida.

─ Comisario pensé que usted ya estaría en Tigre. Déjeme ver, ya le respondo. Mire Ortiz no hay nada, pero en este momento tenemos a la mujer de López esperando, seguramente debe estar acá para hacer alguna denuncia en contra de él. Usted sabe que cada tanto esta mujer se queja del marido por maltratos para luego levantar la denuncia. Sabemos que el hombre le pega, pero es difícil que podamos hacer algo por ella cuando hace la denuncia y luego se echa atrás, lo único positivo es que a simple vista no se la ve golpeada.

─ Hágame un favor Morales, pregúntele que necesita y dígame que le dice─. Mientras aguarda el comisario observa la embarcación, sabe que la conoce por haberla visto más de una vez, pero ¿de quién es?

─ Mire jefe, no va a creer esto, pero la mujer dice que cree que mato a López.

─ Tómele la declaración Morales y cuando tenga toda la información llámeme.

─ De acuerdo comisario le tomo la declaración, pero antes envió el móvil a buscar a López, tal vez ande escondido por ahí.

─ Envié la patrulla a lo de Ramírez, creo que ya encontré a López.

marcelo alvarez
Foto: Marcelo Alvarez

Capitulo 1: A la deriva

Víctor Ramírez se asoma a la ventana principal del comedor que da al río, afuera llueve y los árboles que apenas visten pequeñas hojas anticipándose a la primavera, se mecen de un lado a otro. Observa su reloj pulsera, es lunes y apenas son las siete y veinte de la mañana, tiene tiempo para beber un café junto a su esposa Laura antes de que la lancha que lo llevara a la ciudad de Tigre pase por su muelle, alrededor de las ocho y treinta, aunque sabe que es probable que el rugido del motor de la embarcación comience a escucharse mucho antes. Le llevo un tiempo acostumbrarse a esos detalles y al principio se acomodaba en el extremo del muelle de madera apenas escuchaba el sonido del motor de la lancha colectiva, pero con el transcurso de los dias descubrió que en la isla los sonidos viajan a otra velocidad y que desde que comenzaba a escucharla hasta que pasaba por su casa transcurrían unos cuarenta minutos. El tintineo de una cuchara rozando su taza roja lo saca de sus pensamientos, su esposa revuelve el café luego de agregarle dos cucharadas y media de azúcar. El olor a pan tostado comienza a inundar la pequeña casa,él gira sobre sí mismo y se dirige a la mesa.

─ ¿Pensas viajar a Tigre igual? ¡Mira como llueve! ─le pregunta Laura mientras termina de untar una tostada con mermelada que luego le alcanza a su esposo.

─ Hoy tengo que dar algunas clases particulares y además tengo que pagar la boleta de luz antes de que venza.

─ De todo eso lo único realmente importante es pagar la boleta de luz, porque tus alumnos podrían ir a tus clases de apoyo otro dia Víctor. Te jubilaste y nos vinimos a la isla para vivir tranquilos y no andar corriendo atrás del tiempo como hacíamos antes, ahora somos docentes jubilados, es momento de descansar ¿no te parece? ─ él sonríe mientras se levanta aun con su taza de café en la mano, rodea la pequeña mesa, deja sus cosas en la mesada y antes de salir le da un beso a su mujer en la frente.

─ Voy a fumar un cigarrillo al muelle antes de terminar de preparar todo Laura, ambos sabemos que tenes razón, pero sabes muy bien que soy un hombre inquieto y a mí la pesca solo me distrae un momento, debo tener mi mente ocupada en algo, ya lo sabes.

Víctor toma el paraguas que esta delante de la puerta principal y antes de salir se asegura que sus cigarrillos estén en el bolsillo de su camisa. Afuera un remolino de viento lo recibe queriéndole arrebatar el paraguas, pero lo toma con sus dos manos y logra retenerlo. El viento aun no toma una dirección fija, eso no es bueno porque por lo general cuando esto sucede el viento sur es el que casi siempre gana la pulseada y luego la sudestada inunda todo, piensa mientras se dirige hacia el muelle. La lluvia no es fuerte, es más bien una fina llovizna que forma una cortina casi como si fuera de humo, esto más la oscuridad de la tormenta y la hora de la mañana terminan desdibujando lo normal del dia y la visión no es la mejor. Víctor se para en el extremo del muelle, observa el agua del río que corre lentamente en dirección de la ciudad, enciende su cigarrillo haciendo caso omiso a la molesta llovizna, mira hacia donde en algunos minutos tendría que aparecer la lancha colectiva, su ceño se frunce y su mirada intenta concentrarse en un punto. Camina en esa dirección, no alcanza a ver bien, pero el contorno de una canoa isleña flotando le llama la atención al no observar a ningún tripulante, aun cuando puede adivinar la silueta de los remos descansando a ambos lados de la embarcación. Duda entre llamar a su vecino isleño que seguramente sabrá qué hacer ante esa situación o subirse a su propio bote y rescatar la otra embarcación antes de que termine hundida por una ola de algún barco. Piensa que es demasiado temprano para andar molestando a Joaquín y entonces sube a su bote al tiempo que le echa una mirada al reloj pulsera, le quedan un par de minutos, si se apura terminara su obra a tiempo para tomar la lancha que comienza a escucharse. La llovizna ya no es tan leve, sus lentes se empañan, intenta secarlos, pero es inútil, se los saca y los coloca dentro del bolsillo de su camisa. Comienza a remar lo más rápido que sus brazos se lo permiten, no puede perder la lancha, la próxima pasara dentro de dos horas y para entonces dos de sus alumnos habrán perdido sus clases. Cuando se encuentra a pocos metros de la canoa deja de remar y se dirige a la proa del bote que continúa navegando lentamente, alcanza a tomar uno de los remos y acerca la otra embarcación, solo tiene que atarla a la popa del bote y remolcarla hasta la orilla. La siente pesada, demasiado para una canoa a la deriva, seguramente está llena de agua piensa, se incorpora para ver mejor y entonces suelta los remos como si se estuviera quemando, pasa sus manos por su ropa mojada en un intento de limpiarlas, pero no están sucias, tampoco quemadas. Víctor se queda observando el cuerpo que flota en el piso del interior de la canoa, cubierto a medias por el agua, el rostro es irreconocible como si algo le hubiera arrancado parte de la cara y el pelo. Una bocina lo arranca del espanto, es la lancha colectiva que se acerca despacio, se da cuenta que está en el medio del río y entonces agita ambos brazos pidiendo auxilio.

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Foto: Matias Ferroni alias el Yaca.

Otoño 2019

Buenos Aires hoy no amaneció gris, se nota que aún el otoño no madura.
Anoche el viento se arremolino en las calles jugando a ser invisible y desparramo caprichos por doquier.
Este otoño todavía no convence ni a las mismas hojas, aunque en esta mañana se escaparon del placard algunos abrigos apresurados.
Sí, el verano se fue y ahora la estación es la preferida de los bohemios.
#Foto Carlos Ugarte.

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